Decía Stalin que una sola muerte es una tragedia, pero que un millón es una estadística.
A nadie se le escapa que ante ciertos dramas masivos como pueden ser los genocidios se crea una progresiva insensibilidad en el espectador que le facilita convivir con las noticias diarias más espeluznantes.
Paul Slovic profesor de psicología en la Universidad de Oregón ha investigado en profundidad esta paradójica respuesta enunciando las teorías del ADORMECIMIENTO PSÍQUICO y del EFECTO DE LA VÍCTIMA IDENTIFICABLE, que explican cómo nuestras emociones y nuestra capacidad para actuar se ven afectadas por la escala del sufrimiento. Aquí su trabajo más relevante: http://t.ly/rkTDr.
El Adormecimiento Psíquico se refiere a la disminución de la sensibilidad emocional y la preocupación ante la pérdida de vidas a medida que el número de víctimas aumenta.
Este fenómeno no es una falta inmoral de compasión, sino una limitación de nuestra capacidad cognitiva y emocional para procesar el sufrimiento a una escala masiva. Nuestro sistema emocional, diseñado para responder a amenazas directas y a las necesidades de individuos únicos, entra en barrena y se “desconecta” cuando se enfrenta a números ingentes.
Por su parte, El Efecto de la Víctima Identificable dice que la gente tiende a ofrecer más ayuda cuando la víctima es un individuo específico, reconocible, con una historia y un rostro. La información realista, como fotografías y descripciones detalladas, evoca respuestas emocionales más fuertes y una sensación de cercanía.
Slovic llevó a cabo un estudio donde pidió a los participantes que donaran a una campaña para salvar a niños hambrientos. Un grupo recibía información sobre una niña específica llamada Rokia en Mali, con una foto y una breve historia. Otro grupo recibía estadísticas sobre miles de niños hambrientos en África. Las donaciones del grupo de Rokia fueron significativamente mayores que las donaciones del grupo de estadísticas.
Para concluir, quiero destacar de nuevo que este fenómeno no es una falla intrínseca de humanidad, nuestro cerebro está diseñado para responder a amenazas cercanas y tangibles, se fatiga cuando se enfrenta a una avalancha de sufrimiento inabarcable. Sin embargo, no podemos caer en la resignación y dar la espalda a las grandes tragedias que vivimos hoy, “tan identificables”; es fundamental presentar la información de manera que nuestra frialdad natural se vea desafiada, y convertir las estadísticas en historias personales que nos conmuevan y movilicen.
