
Entonces…los que sois muy inteligentes, ¿sois más o menos racistas que nosotros?
En el año 2016, Geoffrey T. Wodtke de la Universidad de Chicago se hizo la misma pregunta y concluyó su indagación en este elocuente artículo: Are the Intelligent More Racist? (https://academic.oup.com/socpro/article/63/1/21/1846173).
Vamos a diseccionarlo.
Desde el año 1972, EE. UU. cuenta con su propio CIS, la General Social Survey o GSS y nuestro autor pudo analizar los datos que habían proporcionado 44 800 personas blancas durante más de 40 años.
Sin embargo, Wodtke quiso limitar el concepto de inteligencia a únicamente su vertiente verbal, y para ello utilizó el afamado test de Gallup-Thorndike, centrado en el vocabulario, como indicador de la capacidad de procesar y comprender información lingüística y conceptual.
El análisis se enfocó al estudio de dos disposiciones ante otras razas:
- Prejuicio racial explícito: opiniones negativas hacia los afroamericanos (por ejemplo, si se les considera “perezosos” o “menos inteligentes”).
- Apoyo a políticas de igualdad racial: desde leyes de vivienda social hasta acciones de ayudas económicas específicas.
Las conclusiones fueron las siguientes:
- La inteligencia verbal está asociada con menos prejuicios raciales explícitos. Los participantes con mejores resultados en las pruebas verbales fueron menos propensos a expresar estereotipos racistas abiertos. Por ejemplo, solo el 28,8 % de quienes tenían la mayor habilidad verbal estuvieron de acuerdo con la afirmación “los negros son perezosos”, frente al 45,7 % de quienes tenían puntuaciones bajas.
2. El apoyo a políticas que promueven la igualdad racial es limitado, incluso entre los más inteligentes.
Aunque los participantes con alta habilidad verbal eran más tolerantes en términos actitudinales, no necesariamente mostraban más apoyo a políticas redistributivas o de discriminación positiva.
Por ejemplo, Solo el 13 % de los encuestados con mayor habilidad verbal apoyaban las políticas de discriminación positiva por raza en el empleo, frente al 15,2 % de quienes tenían bajo puntaje.
3. Existe una contradicción (el autor lo llama paradoja) entre los principios y las políticas encaminadas a la equidad de facto. El estudio documenta que muchas personas dicen apoyar la igualdad racial “en principio”, como la integración escolar o la igualdad de derechos, pero rechazan medidas concretas que podrían hacerla realidad, como políticas de transporte escolar o ayudas económicas.
Wodtke señala que la habilidad verbal amplifica esta discrepancia, posiblemente porque las personas más inteligentes son mejores racionalizando o articulando un compromiso abstracto con la igualdad sin apoyar sus consecuencias prácticas.
Por concluir, el estudio desafía la idea de que la inteligencia, por sí sola, lleva automáticamente a actitudes progresistas o a una mayor justicia social. Aunque puede reducir el prejuicio racial explícito, también puede permitir formas más sofisticadas de racionalizar la desigualdad, lo que plantea dudas sobre la idea de que la capacidad cognitiva sea “inherentemente liberalizadora”.
Es un recordatorio poderoso de que los prejuicios no desaparecen con inteligencia, sino que se transforman, se adaptan y a veces se ocultan tras discursos más complejos.
